3/10/08

---Emo---

I

En un día de espantosa aburrición Hellen Meyer pasaba las interminables horas meditando profundamente, sentada en su sillón de cuero que estaba acomodado ante la enorme ventana de la sala de su casa.

Acostumbrada a la actividad que supone resolver misterios el fin de semana parecía un interminable cúmulo de horas muertas que Hellen prefería pasar sola inmersa en profundas reflexiones.

Embebida en sus pensamientos no escuchó que llamaban a la puerta hasta que los golpes frenéticos amenazaron con sacar de sus bisagras al pesado rectángulo de madera.

Pero a pesar de la aparente desesperación de quien intentaba entrar, Meyer esperó con calma a que una de las muchachas del servicio fuera a atender el llamado.

Oyó como la pesada puerta se abría y antes de que la joven empleada pudiera decir algo Meyer escuchó unos pasos rápidos recorrer el piso de azulejo del recibidor.

En silencio analizó el sonido: pasos breves, con doble golpe al pisar: el de una superficie muy pequeña que emitía un pequeño chirrido al impactar contra el azulejo mezclado con el sonido claro de una superficie más grande, pero menos sólida que la primera.

-¿Por qué la prisa querida Anna? El día apenas comienza y ya andas como loca- dijo Meyer sin levantarse de su asiento cuando oyó que los pasos entraban en la sala.

Anna se detuvo en donde estaba, sorprendida de haber sido reconocida tan fácilmente.

-Eres la única persona que conozco que usa esas horribles zapatillas abiertas de tacones kilométricos- explico Hellen adivinando los pensamientos de su amiga.

Anna se sonrojó mirando tímidamente las zapatillas que llevaba: visiblemente similares a unas sandalias, pero con un tacón elevado y muy delgado que, según ella, realzaba su figura y la hacia verse mejor. Hellen y Anna eran amigas desde la primaria, pero Anna aún no podía acostumbrarse a los peculiares hábitos de Hellen.

-Eso un día acabará por hacerte trizas las rodillas. Pero creo que no te preocupa en absoluto- Anna alzó la vista sacada bruscamente de sus memorias por el comentario de Hellen.

Meyer se levantó del sillón con lentitud, como si le obligarán a ceder el lugar a alguien más.

De estatura promedio, delgada, cabello castaño, piel algo morena, facciones suaves y cuerpo proporcionado a sus 19 años; Hellen Meyer gustaba en privado de enfrascarse en profundas reflexiones donde solo estaban invitadas ella y su mente. Cualquier cosa o persona que interrumpiera ese dialogo intimo no era bien recibida, por muy cercana que fuese.
Tenía puesto en ese momento una especie de vestido antiguo color rosa pálido que caía completamente pegado a su cuerpo. Aunque intentaba disimularlo, Hellen no podía ocultar el hastío de tener que atender a la inesperada visitante.

Pero Anna sabía que eso pronto habría de cambiar.

-¿Un refresco, un café?- ofreció Meyer para ser amable

-No, gracias, temo que esta no es una visita social-

-Bien, eso me permite saltarme el protocolo e ir al grano: ¿Qué quieres?- el tono de la pregunta fue brusco, cortante.

-¡Oye!- reclamó Anna- Se que no te gusta que te molesten en tu tiempo libre, pero es necesario, en verdad urgente-

-¿Tan urgente que dejaste a tu cita plantada para venir hasta aquí?... Interesante-

A Anna le disgustaba que Meyer la pudiera leer como a un folleto informativo:

-Sí, tuve que dejar al pobre de Miguel en la explanada y venir corriendo hasta aquí para darte el pitazo: quizá puedas pasar este fin de semana entre los mortales haciendo algo que te interese.

La expresión hosca de Meyer se suavizó mientras volteaba a mirar a su amiga fijamente, esperando con ansia saber a que se refería.

-Miguel y yo íbamos por la plaza cuando alguien comenzó a gritar desde uno de los talleres, venía bañada en sangre y estaba histérica- la voz de Anna cambió al recordar la escena- se dirigió a la multitud antes de desvanecerse...-

-Y esto me interesa porque...-

-La chica acababa de encontrar un cadáver-

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Hellen Meyer tiene muchos hábitos sorprendentes, pero el que siempre maravilla a Anna Lowelinn (su correcta pronunciación es "Lovelin") es la rapidez con la que Hellen puede actuar cuando algo le interesa, pues tan pronto escucho la palabra "cadáver" una oleada de vitalidad recorrió su ser y se enderezo como un animal que se tensa al detectar el peligro.

De inmediato Meyer corrió hacia las grandes escaleras que llevaban al segundo piso con una agilidad impresionante que de no haberla tenido seguramente sus pies se habrían enredado con la larga falda del vestido y habría azotado contra el suelo.

Anna esperaba al pie de la escalera como un chico espera a que su amada baje para una cita.

No tuvo que esperar mucho por el retorno de su amiga, quien bajo las escaleras con su vestimenta usual: pantalón de mezclilla, sudadera blanca, tenis blancos y un suéter negro.
Sin ceremonias Hellen tomó a Anna por la muñeca y la jaló en su carrera haciendo que la chica casi tropezara por el brusco movimiento.

Meyer se detuvo un instante junto a la gran puerta de la mansión para dejar instrucciones a la joven chica del servicio, después de eso volvió a jalar a Anna hacia la calle.

...

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